- La energía geotérmica aprovecha el calor del subsuelo y se clasifica según su temperatura en alta, media, baja y muy baja.
- Ofrece un suministro energético constante y estable, sin depender de las condiciones climáticas a diferencia de la solar o eólica.
- Presenta desafíos económicos debido a la alta inversión inicial en perforación y limitaciones geográficas en yacimientos de alta temperatura.
Cuando hablamos de energías limpias, solemos pensar inmediatamente en los molinos de viento o en los paneles solares que inundan los tejados. Sin embargo, existe un tesoro energético justo debajo de nuestros pies que a menudo pasa desapercibido: la energía geotérmica. Básicamente, se trata de aprovechar el calor almacenado en el interior de la Tierra, que se encuentra en las rocas, el suelo y las aguas subterráneas, sin importar a qué profundidad esté o de dónde venga ese calor.
Lo más curioso es que este recurso es prácticamente inagotable para nosotros, ya que la Tierra se enfría a un ritmo lentísimo, unos 130 ºC cada mil millones de años, por lo que a escala humana es una fuente renovable ilimitada. No debemos confundirla con el agua de ríos o mares, ya que la geotermia se centra exclusivamente en el calor del subsuelo sólido, ofreciendo una alternativa robusta y eficiente para reducir nuestra dependencia de combustibles fósiles.
Clasificación de los recursos según su temperatura

No todo el calor subterráneo es igual, y dependiendo de los grados que registremos, el uso que le daremos será totalmente distinto. Podemos dividir estos recursos en cuatro grandes grupos:
- Alta y media temperatura: Cuando superamos los 100 ºC (llegando incluso a los 400 ºC en zonas volcánicas), hablamos de recursos ideales para la generación de electricidad y aplicaciones industriales pesadas.
- Baja temperatura: En el rango de los 30 a 100 ºC, el calor se utiliza principalmente para climatización y agua caliente sanitaria (ACS), ya sea de forma directa o apoyándose en bombas de calor.
- Muy baja temperatura: Aquí hablamos de temperaturas inferiores a los 30 ºC. Para sacar provecho de este calor superficial, es imprescindible el uso de bombas de calor geotérmicas, que pueden operar mediante sistemas abiertos (extrayendo agua de acuíferos) o cerrados (usando circuitos con fluido termoportador).
Cómo se aprovecha el calor terrestre
Para generar electricidad en zonas donde el calor no es tan evidente, se utiliza el llamado gradiente geotérmico (que suele ser de 3 ºC cada 100 metros). En lugares normales, habría que bajar más de 4 kilómetros para obtener energía eléctrica, pero existe una técnica puntera llamada EGS (Enhanced Geothermal System) que permite crear yacimientos artificiales de alta temperatura.
Por otro lado, el uso térmico directo es mucho más sencillo y común. Se aplica en procesos industriales como la climatización de invernaderos, piscifactorías o incluso redes de calefacción urbana que dan servicio a barrios enteros. De hecho, en países como Alemania o Francia, este sistema es muy habitual para mantener los edificios a una temperatura agradable durante el invierno.
Luces y sombras: ventajas y retos del sector
La geotermia tiene un as bajo la manga que la pone por delante de otras renovables: la estabilidad. Mientras que el sol se pone y el viento calma, la tierra siempre está caliente, lo que garantiza un suministro eléctrico constante y sin interrupciones. Además, su huella física es minúscula comparada con los enormes parques solares, y sus emisiones de CO₂ son ridículas (apenas 45 gramos por kWh), representando menos del 5% de lo que emitiría una planta de carbón.
Pero claro, no todo es camino de rosas. El principal problema es que los yacimientos de alta temperatura no están repartidos equitativamente, sino concentrados en zonas de actividad volcánica o límites tectónicos. A esto se suma que la inversión inicial es un auténtico sablazo, ya que perforar y explorar el terreno puede costar millones de euros sin tener la certeza absoluta de encontrar un recurso viable.
Técnicamente, también hay que andar con pies de plomo, ya que existen riesgos de microsismicidad inducida por las perforaciones y la posibilidad de emitir gases como el sulfuro de hidrógeno. A nivel administrativo, todavía falta un marco legal más ágil que incentive la inversión mediante ayudas claras.
La situación actual: el caso de España

En territorio español, el panorama es variado. En Andalucía, por ejemplo, no contamos con recursos de alta temperatura para electricidad, pero tenemos un potencial enorme de baja temperatura, especialmente en ciudades como Sevilla, Granada y Córdoba. Se estima que para finales de 2025, la potencia instalada para calefacción en la región rondará los 4.834,5 kW, siendo Sevilla y Granada las provincias que más destacan en este despliegue.
Por otro lado, hay proyectos ambiciosos en las Islas Canarias. Compañías como Repsol están evaluando la viabilidad de instalar plantas geotérmicas en Gran Canaria. Si esto sale adelante, el archipiélago podría conseguir una mayor independencia energética y abastecer a una parte importante de su población con energía totalmente libre de emisiones.
Este sector no solo ayuda al planeta, sino que es un motor económico. La transición energética demanda profesionales cualificados en sostenibilidad, desde ingenieros que diseñen los pozos hasta gestores de proyectos, creando más empleo verde que muchas otras fuentes de energía renovable.
La capacidad de la Tierra para ofrecernos calor constante la convierte en un pilar fundamental para un futuro sostenible. Aunque los costes de entrada sean altos y la geografía limite algunas aplicaciones, su versatilidad para producir desde electricidad hasta refrigeración en hogares y fábricas es inigualable. Integrar la geotermia en nuestra matriz energética nos permitirá avanzar hacia un modelo de emisiones netas cero con una seguridad de suministro que ninguna otra fuente limpia puede garantizar.



