La energía eólica se ha convertido en una de las grandes protagonistas de la transición energética, pero lo cierto es que llevamos siglos conviviendo con el viento y aprovechando su fuerza. Hoy ya no movemos barcos de vela para comerciar ni usamos molinos solo para moler grano, pero esa misma brisa que sentías de pequeño en el campo es la que ahora se transforma en electricidad limpia para millones de hogares.
En las últimas décadas, España ha dado un salto enorme en la implantación de parques eólicos, tanto en tierra como con la vista puesta en el mar. Esta tecnología no solo reduce emisiones de CO₂, también genera empleo, inversión y proyectos punteros como los grandes complejos Delta y Delta 2, o el desarrollo de aerogeneradores flotantes que ya se están probando en nuestras costas. Vamos a ver, con calma y al detalle, cómo funciona todo este mundo eólico y por qué es tan clave para un futuro sostenible.
¿Qué es la energía eólica y de dónde viene el viento?
La energía eólica es la energía que contiene el viento y que podemos convertir en otras formas aprovechables, especialmente en energía eléctrica. El término “eólica” procede del latín Aeolicus, relativo al dios griego Eolo, señor de los vientos. No es, ni mucho menos, una tecnología reciente: durante siglos se ha utilizado para mover embarcaciones a vela, moler cereales o bombear agua en zonas rurales.
El viento aparece porque el Sol calienta la superficie de la Tierra de manera desigual. Esa radiación provoca diferencias de temperatura y presión entre masas de aire de distintas zonas del planeta. Cuando el aire más caliente y ligero tiende a subir y el más frío ocupa su lugar, se generan movimientos de aire: lo que percibimos como viento.
A escala global, la rotación de la Tierra y el contraste térmico entre el ecuador y los polos son los grandes responsables de las corrientes atmosféricas. A escala local, entran en juego factores como la orografía (montañas, valles, llanuras), la proximidad al mar o la rugosidad del terreno, que determinan velocidad, dirección y turbulencia del viento en cada punto concreto.
Para poder aprovechar este recurso de forma eficiente, es imprescindible conocer con detalle cómo sopla el viento en un lugar: su intensidad media, sus rachas, su dirección predominante y cómo varía a lo largo del día y del año. Para ello se utilizan dispositivos de medición como el anemómetro (que mide la velocidad del viento) y la veleta (que indica su dirección), junto con campañas de análisis de datos que pueden durar varios años.
Se calcula que aproximadamente el 2 % de la energía solar que llega a la Tierra se transforma en energía cinética del viento. De esa cantidad, una parte importante se disipa en los primeros mil metros de la atmósfera, y aun así la fracción realmente aprovechable sería suficiente para cubrir varias veces el consumo mundial de energía primaria actual. De ahí el enorme interés que despierta esta fuente renovable.
Cómo transformamos el viento en electricidad: aerogeneradores y parques eólicos
En esencia, aprovechar la energía eólica consiste en capturar la energía cinética del viento y convertirla primero en energía mecánica de rotación y, después, en energía eléctrica. Esa transformación la realizan las máquinas eólicas, que van desde pequeñas turbinas para bombeo de agua o electrificación rural hasta gigantescos aerogeneradores de varios megavatios conectados a red.
En todos los casos, la base es la misma estructura técnica: un elemento móvil que capta la energía del viento (el rotor con sus palas), unido a un eje que transmite el movimiento a una bomba o a un generador eléctrico. El conjunto se monta sobre una torre y se complementa con una serie de sistemas de control, orientación y equipos eléctricos.
Los aerogeneradores comerciales más habituales son de eje horizontal con tres palas, colocados habitualmente a barlovento (del lado de donde viene el viento). El rotor recoge la energía del flujo de aire y la convierte en giro mecánico. Este movimiento pasa a través de un tren de potencia que puede incluir multiplicadoras (cajas de engranajes) y que termina en un generador, normalmente síncrono o asíncrono de doble alimentación, encargado de producir electricidad.
En el interior de la góndola o nacelle, se alojan el generador, la multiplicadora, los sistemas de control, el freno, los equipos de orientación y parte de la electrónica de potencia. La góndola se instala sobre una torre de acero o de hormigón, que puede alcanzar alturas de 100 a 150 metros en los modelos más modernos, y que soporta no solo el peso de la máquina, sino también las cargas dinámicas del viento.
La tendencia tecnológica apunta hacia aerogeneradores de mayores dimensiones y potencias unitarias: ya hay modelos en el mercado, especialmente marinos, con diámetros de rotor cercanos a 180 metros, alturas de buje alrededor de 150 metros y potencias que pueden llegar o superar los 10.000 kW (10 MW). Estas máquinas desafían los límites de la resistencia de materiales y plantean retos logísticos importantes para su transporte y montaje.
Cuando agrupamos muchos aerogeneradores en una misma zona, hablamos de parques eólicos, ya sea en tierra (onshore) o en el mar (offshore). En ellos, cada turbina genera electricidad normalmente a media tensión, y todos los cables se conducen, casi siempre soterrados, hasta una subestación o centro de seccionamiento donde se eleva la tensión para poder evacuar la energía a la red de distribución o de transporte en el punto de conexión autorizado.
La disposición de los aerogeneradores dentro de un parque no es aleatoria: se colocan en filas perpendiculares a la dirección de viento predominante, separadas entre sí unos tres diámetros de rotor dentro de la misma fila y más de siete diámetros entre filas diferentes. Con esa configuración se intenta evitar que las turbulencias que deja cada máquina (la llamada “estela”) perjudiquen en exceso al rendimiento de las turbinas situadas detrás.
Aplicaciones y tamaños de la energía eólica
La energía eólica no se limita a los grandes parques que vemos desde la carretera; existen aplicaciones muy diversas según la escala y la ubicación. Desde pequeñas soluciones de minieólica en tejados o fincas agrícolas hasta enormes instalaciones marinas, el abanico de posibilidades es amplio.
En entornos urbanos o semiurbanos, las turbinas de pequeña potencia pueden ser tanto de eje horizontal como vertical. Se usan para autoconsumo eléctrico, para telecomunicaciones remotas, para bombeo o incluso para desalinizar agua en proyectos específicos. Estas máquinas suelen tener potencias de entre 1,5 y 10 kW cuando están pensadas para instalaciones aisladas de la red.
En las instalaciones minieólicas aisladas, la electricidad generada se almacena en baterías para usarla cuando hace falta: viviendas sin acceso a la red, pequeñas embarcaciones, riego de cultivos, bombeo de pozos, etc. Es habitual combinarlas con otras renovables, sobre todo con energía solar fotovoltaica, para lograr un suministro más estable a lo largo del año.
En el otro extremo tenemos las plantas eólicas conectadas a la red, conocidas como parques eólicos. Aquí las potencias unitarias han crecido muchísimo: de los modestos 100 kW de los años 80 se ha pasado a aerogeneradores terrestres de 2 a 3 MW como estándar, y ya se instalan turbinas de hasta 7 MW en proyectos avanzados, especialmente en entornos marinos.
Además de la generación de electricidad a gran escala, la energía del viento sigue teniendo usos mecánicos directos en algunas zonas rurales (por ejemplo, para bombear agua sin conversión eléctrica) y se exploran soluciones híbridas que integran eólica con almacenamiento, solar u otras tecnologías, orientadas a microredes y sistemas aislados de gran fiabilidad.
La energía eólica en España: cifras clave y distribución territorial
España se ha consolidado como uno de los países líderes en energía eólica terrestre dentro de Europa. Si viajas por comunidades como Castilla y León, Galicia, Navarra, Aragón, Castilla-La Mancha o la provincia de Cádiz, es fácil que el horizonte se llene de aerogeneradores blancos girando con viento constante.
De acuerdo con los últimos datos sectoriales, la potencia eólica instalada en España ronda los 31.679 MW. Solo en 2024 se añadieron 1.186 MW nuevos, prácticamente el doble que en 2023, demostrando que el despliegue continúa a buen ritmo. Esa potencia permitió que la eólica cubriera en torno al 23 % de la demanda eléctrica nacional durante ese año.
En todo el país hay unos 1.416 parques eólicos en operación, repartidos en 47 provincias. Solo dos comunidades autónomas, la Comunidad de Madrid y las Islas Baleares, no cuentan actualmente con parques eólicos terrestres activos. En el caso balear, el único parque existente, Es Milà en Menorca, fue desmantelado en 2024, por lo que ya no hay instalaciones onshore en funcionamiento.
En términos de infraestructuras, se han instalado aproximadamente 22.486 aerogeneradores distribuidos por todo el territorio. Alrededor de 1.053 municipios españoles cuentan al menos con un parque eólico, lo que demuestra la fuerte implantación territorial de esta tecnología y su papel en el desarrollo rural y la creación de empleo local.
Las comunidades con mayor potencia instalada son especialmente relevantes. Castilla y León lidera el ranking con unos 7.127 MW, a los que se sumaron cerca de 550 MW nuevos en 2024. Le sigue Aragón con alrededor de 5.480 MW, que mantiene una importancia histórica en la expansión del sector. Castilla-La Mancha se sitúa en torno a los 4.928 MW, y Navarra, aunque con menor potencia absoluta, destaca por su fuerte crecimiento reciente, con unos 196 MW nuevos en 2024.
Grandes proyectos eólicos y fotovoltaicos vinculados
Dentro de este despliegue, varios complejos renovables sobresalen por su tamaño e impacto. Entre ellos destaca Delta 2, un proyecto formado por 26 parques eólicos situados entre las provincias de Huesca, Zaragoza y Teruel, capaz de suministrar electricidad aproximadamente a 800.000 hogares.
La generación renovable de Delta 2 evita la emisión de alrededor de 2,6 millones de toneladas de CO₂ al año, contribuyendo de forma notable a la descarbonización del sistema eléctrico. Este complejo se suma al proyecto Delta original, ubicado también entre Zaragoza y Teruel, que dispone de 89 turbinas y una potencia total de 335 MW.
Otro proyecto destacado es el parque eólico PI, entre Palencia y Valladolid, con una capacidad instalada de unos 175 MW. Junto a estos parques eólicos, se han desarrollado diversas plantas solares fotovoltaicas que completan un verdadero ecosistema renovable en varias comunidades autónomas.
Entre las instalaciones solares más relevantes figuran el parque fotovoltaico Sigma en Cádiz, con 204 MW; el proyecto Valesolar en Badajoz, con 264 MW; y la planta Kappa en Ciudad Real, con 126,6 MW. Esta combinación de eólica y fotovoltaica permite un uso más equilibrado de los recursos renovables a lo largo del día y del año.
En el ámbito internacional, también se están dando pasos significativos. Se ha firmado un acuerdo con el Grupo Ibereólica Renovables para acceder a una cartera de proyectos renovables en Chile, en operación, construcción o desarrollo, que suma más de 1.600 MW hasta 2025, con la posibilidad de superar los 2.600 MW en 2030. Esto refuerza la presencia exterior de la tecnología eólica y la experiencia española.
La energía eólica en Andalucía: situación actual y potencial
Andalucía es una de las regiones españolas donde el viento ha tenido un papel protagonista desde hace décadas, primero para bombeo mecánico de agua y después para la generación eléctrica. El desarrollo de grandes aerogeneradores y su agrupación en parques eólicos ha permitido alcanzar una potencia muy relevante en la comunidad.
A fecha 30 de junio de 2025, Andalucía cuenta con 158 parques eólicos terrestres, que suman una potencia instalada de 3.705,5 MW. Si funcionaran durante todo un año a pleno rendimiento, estos parques podrían producir la electricidad consumida por más de 1.900.000 viviendas, una cifra que da idea de su peso en el sistema eléctrico regional.
La distribución provincial de esta potencia es bastante desigual. Cádiz encabeza la lista con 1.460,2 MW, seguida de Málaga con 645,4 MW y Almería con 510,8 MW. Huelva dispone de 456,7 MW, Granada de 407,2 MW y Sevilla de 210 MW. Jaén suma 15,2 MW y Córdoba, de momento, no cuenta con potencia eólica instalada.
Además de los grandes parques conectados a red, en Andalucía existen instalaciones para autoconsumo eólico y sistemas aislados, tanto para uso residencial como agropecuario. La región también destaca por un elevado número de proyectos en tramitación y por su fuerte potencial para el desarrollo de eólica marina en los próximos años.
El llamado recurso eólico andaluz es muy alto, especialmente en zonas como el estrecho de Gibraltar y determinadas áreas costeras y de interior. Evaluar ese recurso es una de las fases críticas en cualquier proyecto, ya que de la calidad de los datos de viento depende la estimación de producción y, en última instancia, la viabilidad económica de la instalación.
Los procesos de evaluación incluyen mediciones prolongadas de velocidad y dirección del viento, análisis de la orografía, identificación de obstáculos y rugosidad del terreno, determinación de la altura óptima de montaje, elección del modelo de aerogenerador y simulaciones de producción energética a lo largo del tiempo.
Cómo viaja la electricidad desde el parque eólico hasta tu casa
Aunque desde fuera parezca que “la luz sale directamente del molino”, la realidad es que la electricidad generada por un aerogenerador sigue un recorrido bastante organizado hasta llegar al enchufe de tu salón. Todo empieza en las palas de la turbina, movidas por el viento, que hacen girar el rotor.
Ese movimiento se transmite a un eje que llega al generador, donde la energía mecánica de rotación se transforma en energía eléctrica. La corriente que sale del aerogenerador se genera normalmente a media tensión, por lo que pasa por un transformador que eleva esa tensión para poder transportar la energía con menos pérdidas.
Desde la subestación del parque, la electricidad entra en la red de transporte de alta tensión, que en España gestiona Red Eléctrica de España (REE). Esta red funciona como una gran autopista eléctrica que lleva la energía desde las zonas de producción hasta los grandes nodos de consumo repartidos por todo el país.
En esos nodos, la tensión vuelve a reducirse para adaptarse a la red de distribución, que es la que se ramifica hacia ciudades, polígonos industriales y pueblos. A través de centros de transformación y líneas de media y baja tensión, la electricidad llega finalmente a edificios, viviendas y comercios.
Las comercializadoras de electricidad son las responsables de gestionar los contratos con los clientes finales, facturar el consumo, ofrecer tarifas y servicios y tramitar los cambios de compañía. Son, por así decirlo, la cara visible de un sistema que en realidad tiene detrás una compleja infraestructura técnica y regulatoria.
Ventajas ambientales de la energía eólica
Entre todas las renovables, la eólica destaca por tres grandes virtudes que la sitúan en el centro de la transición energética. En primer lugar, es una fuente de energía limpia durante su operación: los aerogeneradores no necesitan quemar combustibles fósiles para funcionar, por lo que no emiten CO₂ ni otros contaminantes a la atmósfera mientras están generando electricidad.
En segundo lugar, es una fuente inagotable a escala humana. El viento se produce gracias a los ciclos atmosféricos impulsados por la energía solar, y no se agota por el hecho de aprovecharlo. Eso la diferencia claramente de recursos finitos como el carbón, el petróleo o el gas natural, cuyas reservas son limitadas y cuyo uso intensivo contribuye al cambio climático.
En tercer lugar, la eólica es una tecnología que tiende a ser sostenible en todo su ciclo de vida. Los aerogeneradores suelen tener una vida útil entre 20 y 25 años, y una buena parte de sus componentes (acero, cobre, hormigón) se puede reciclar. El mayor reto está en el reciclaje de las palas, fabricadas con materiales compuestos, pero ya se están desarrollando soluciones para reutilizarlas o reciclarlas de manera eficiente.
A nivel social y económico, los parques eólicos generan empleo local, ingresos fiscales y actividad industrial. Muchas zonas rurales han encontrado en estos proyectos una fuente adicional de riqueza, que convive en buena parte de los casos con actividades como la agricultura, la ganadería o incluso el turismo rural.
Retos ambientales: ruido, aves y murciélagos
A pesar de sus ventajas, la energía eólica no está exenta de impactos ambientales y de críticas. Uno de los aspectos más debatidos es el ruido generado por los aerogeneradores. Los modelos actuales son mucho más silenciosos que los primeros, pero el movimiento de las palas y el funcionamiento del generador producen un zumbido continuo.
A una distancia de unos 300 metros, el nivel de ruido suele ser comparable al de una conversación tranquila o al de un frigorífico en funcionamiento. No es un sonido estridente, pero puede resultar molesto si hay viviendas muy próximas. Por eso la mayoría de normativas autonómicas establecen distancias mínimas de los parques a los núcleos habitados, alrededor de 500 metros o más, dependiendo del caso.
Otro punto especialmente sensible es el impacto sobre la avifauna y los murciélagos. Las colisiones con palas de aerogeneradores pueden afectar a aves planeadoras, rapaces y especies migratorias, así como a quirópteros que utilizan el espacio aéreo de los parques para desplazarse o alimentarse.
SEO/BirdLife estima que decenas de miles de aves podrían morir al año en España por colisiones con aerogeneradores, motivo por el cual los estudios de impacto ambiental deben analizar con detalle las rutas de vuelo, las zonas de campeo y el comportamiento de las especies presentes en cada área. La elección del emplazamiento es crucial para reducir al máximo este riesgo.
Para mitigar estos impactos, se están aplicando medidas de seguimiento y protección, desde el apagado temporal de turbinas en momentos clave de migración hasta la prueba de soluciones innovadoras. Una de las más llamativas es pintar una de las palas de negro: ensayos realizados en Noruega han mostrado reducciones de hasta un 70 % en las colisiones de aves en los aerogeneradores modificados.
Empresas del sector, como Audax Renovables, colaboran con entidades como la Fundación Migres para estudiar rutas migratorias y diseñar medidas específicas, especialmente en escenarios de cambio climático donde los patrones de movimiento de las aves pueden alterarse. Estas iniciativas se suman a evaluaciones ambientales cada vez más estrictas antes de autorizar nuevos proyectos.
Parques eólicos marinos (offshore): el viento se traslada al mar
El despliegue de la eólica terrestre tiene un límite lógico: no hay espacio infinito en tierra y aparecen conflictos de uso del territorio. Por eso, muchos países están apostando con fuerza por los parques eólicos marinos, instalados en zonas de mar abierto donde el viento suele ser más fuerte, estable y con menos obstáculos.
En los parques offshore, las turbinas pueden ser más grandes y potentes, y el impacto visual y acústico sobre la población humana es mucho menor, al situarse a decenas de kilómetros de la costa. Europa lidera este campo, con países como Reino Unido, Alemania, Países Bajos y Dinamarca sumando ya miles de MW de potencia instalada en el mar.
España, por su parte, aún no cuenta con parques eólicos marinos comerciales operativos, pero el camino ya está trazado. En 2023 se aprobó el Plan de Ordenación del Espacio Marítimo (POEM), que identifica las zonas potencialmente aptas para albergar los primeros proyectos de eólica marina, teniendo en cuenta compatibilidades con pesca, navegación, conservación ambiental y otras actividades.
La meta marcada es alcanzar unos 3 GW de potencia eólica offshore para 2030. Dado que las aguas españolas son profundas a poca distancia de la costa, a diferencia del Mar del Norte, la apuesta principal será por la tecnología de plataformas flotantes en lugar de estructuras fijas ancladas al fondo marino.
Esta solución flotante es más cara inicialmente, pero abre la puerta a aprovechar vientos excelentes en zonas de gran profundidad y a desplegar una industria propia alrededor del diseño, construcción y operación de estas plataformas, con gran potencial de exportación de tecnología y servicios.
Novedades en eólica marina flotante: el caso DemoSATH
Uno de los proyectos que mejor ilustran el avance de la tecnología eólica flotante en España es DemoSATH, desarrollado por Saitec Offshore Technologies frente a la costa de Armintza, en Bizkaia. Se trata de un prototipo de aerogenerador marino flotante que ha servido para validar en condiciones reales el comportamiento de esta tecnología.
La estructura de DemoSATH ha demostrado resistencia frente a olas de hasta 13 metros y vientos superiores a 100 km/h, manteniendo la operación sin necesidad de detener la turbina. Este tipo de ensayos es clave para demostrar que, más allá de la teoría, las plataformas flotantes pueden trabajar de forma segura en entornos marinos exigentes.
Tal y como ha destacado Jesús López-Tafall, responsable del proyecto, el objetivo no es solo técnico, sino también ambiental y social. La idea es comprobar la compatibilidad de la energía eólica marina con otras actividades tradicionales como la pesca y la acuicultura, diseñando soluciones de convivencia en el mismo espacio marino.
Proyectos eólicos marinos en desarrollo en España
En estos momentos, España cuenta con aproximadamente 23,9 GW de proyectos de eólica marina en distintas fases de desarrollo. No todos verán la luz finalmente, pero muestran el fuerte interés del sector por el recurso marino español y su potencial de crecimiento a medio y largo plazo.
Entre los proyectos en tramitación más avanzados destacan tres instalaciones en Galicia y Cataluña, con una potencia conjunta de unos 1.758 MW. Se trata del parque eólico marino Breixo, el proyecto Norfeu y la plataforma de investigación PLEMCAT.
El Parque Eólico Marino Breixo, frente a la costa de Lugo, contempla una potencia aproximada de 648 MW. Norfeu, en la provincia de Girona, apunta a unos 1.080 MW, y se concibe como un gran parque flotante en el Mediterráneo occidental.
Por su parte, la Plataforma de Investigación en Energías Marinas de Cataluña (PLEMCAT), situada en la bahía de Roses, propone un proyecto de alrededor de 30 MW, concebido como banco de pruebas para tecnologías flotantes y sistemas de integración en red, más que como una planta comercial a gran escala.
Estos desarrollos, sumados a la experiencia obtenida con proyectos piloto como DemoSATH, posicionan a España en el mapa de la innovación eólica marina y allanan el terreno para futuros parques comerciales que podrían desplegarse a partir de la próxima década.
La energía eólica, tanto en tierra como en el mar, se ha consolidado como una de las piezas centrales del sistema energético español, ofreciendo una combinación muy potente de reducción de emisiones, aprovechamiento de un recurso autóctono, desarrollo industrial y creación de empleo. Aunque no está libre de retos —impactos en fauna, integración en red, aceptación social o complejidad tecnológica en el entorno marino—, su capacidad para transformar la fuerza invisible del viento en electricidad limpia la convierte en una aliada fundamental para avanzar hacia un modelo energético más seguro, sostenible y alineado con los objetivos climáticos a escala nacional y global.
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