Tipos de calderas de calefacción y cómo elegir la mejor

Última actualización: abril 4, 2026
  • La elección de la caldera depende del combustible disponible, el tamaño de la vivienda, la demanda de ACS y el tipo de sistema de emisión (radiadores o suelo radiante).
  • Las calderas de condensación (gas y gasoil) son hoy el estándar por su alta eficiencia, menor consumo y menores emisiones frente a modelos convencionales.
  • En pisos predominan las calderas murales de gas o eléctricas, mientras que en viviendas unifamiliares cobran fuerza el gasoil, la biomasa y los sistemas híbridos con bomba de calor.
  • Analizar espacio, normativas locales y coste a largo plazo es clave para elegir un sistema de calefacción seguro, eficiente y adecuado al presupuesto.

Tipos de calderas de calefacción

Si estás pensando en renovar la calefacción de casa o simplemente quieres aclararte con tanto término técnico, te habrás dado cuenta de que hay muchos tipos de calderas y no siempre es fácil distinguirlas. Gas, gasoil, pellets, eléctricas, de condensación, estancas, murales, de pie… la lista parece interminable y a veces las explicaciones de los fabricantes no ayudan demasiado.

En esta guía vamos a poner orden con calma, pero sin rodeos. Reunimos la información clave de los modelos de calderas que mejor se están posicionando en buscadores y la mezclamos con criterios técnicos y prácticos: cómo funcionan, qué combustible usan, en qué se diferencian y, sobre todo, en qué casos tiene sentido elegir cada una según tu vivienda, tu presupuesto y las normativas actuales.

La caldera como corazón de la calefacción y del ACS

En cualquier vivienda moderna la caldera actúa como el “corazón” del sistema de calefacción y del agua caliente sanitaria (ACS). Su misión es muy simple de explicar: calienta agua que luego se distribuye por radiadores o suelo radiante para templar las estancias, y también suministra agua caliente a grifos, duchas y electrodomésticos.

Ese agua se calienta gracias a la energía aportada por un combustible (gas, gasoil, biomasa) o por electricidad. La caldera transfiere esa energía al agua a través de un intercambiador de calor, y una bomba hace circular el agua por el circuito de calefacción. Cuando el agua ya ha cedido su calor a los emisores, vuelve algo más fría a la caldera para repetir el proceso.

En el mercado hay varios tipos de calderas domésticas con funcionamientos y rendimientos muy distintos. Las principales familias son las calderas de gas (atmosféricas, estancas, de condensación, mixtas, de acumulación, bajo NOx), las calderas de gasoil, las eléctricas y las de biomasa (pellets y policombustibles), además de clasificaciones según eficiencia y formato (murales, de pie o equipos autónomos en cubierta).

Elegir bien es clave porque se calcula que cerca de la mitad de la energía que consumen los hogares en España se va en calefacción. Una caldera ineficiente o mal dimensionada puede disparar las facturas año tras año, mientras que un modelo bien elegido y bien mantenido reduce el consumo, mejora el confort y minimiza el impacto ambiental.

Tipos de calderas según el combustible

La primera gran decisión casi siempre es el combustible. De él dependen la disponibilidad del suministro, el coste por kWh, el mantenimiento y las emisiones. Vamos a ver las opciones más habituales en vivienda.

Calderas de gas

Dentro de las calderas de gas hay varias subfamilias importantes que conviene diferenciar, porque no todas son igual de eficientes ni todas se pueden seguir instalando hoy en día por normativa.

Atmosféricas y estancas

Las antiguas calderas de gas atmosféricas tomaban el aire para la combustión directamente de la habitación donde estaban instaladas. Los gases quemados subían por una chimenea por tiro natural. Eran sencillas y baratas, pero poco seguras y poco eficientes: consumían oxígeno del local y, si la ventilación o la chimenea fallaban, podían acumularse humos y monóxido de carbono en la vivienda.

Para solucionar esto aparecieron las calderas de gas estancas, con cámara de combustión completamente cerrada. Estas calderas ya no usan el aire del interior, sino que lo toman del exterior mediante un conducto, y expulsan los gases también hacia fuera con un ventilador. El conjunto suele ser una tubería coaxial (un tubo dentro de otro) que hace de «chimenea» segura y controlada.

Al estar selladas, las estancas ofrecen mucha más seguridad y un rendimiento mejor que las atmosféricas. De hecho, en España ya no está permitido instalar calderas atmosféricas desde hace años: si todavía tienes una, cuando toque sustituirla tendrás que pasar sí o sí a una estanca (y, en la práctica, de condensación).

Calderas de condensación

La evolución natural de las estancas son las calderas de gas de condensación, actualmente el estándar obligatorio en nuevas instalaciones. La clave está en qué hacen con los humos calientes después de la combustión.

En una caldera convencional, los humos salen muy calientes por la chimenea (pueden rondar 150 ºC) y parte del calor se desperdicia. En una caldera de condensación, esos humos se hacen pasar por un intercambiador adicional donde se enfrían por debajo de la temperatura de rocío. Así, el vapor de agua que contienen condensa en forma líquida, liberando calor latente que se aprovecha para precalentar el agua de retorno de la instalación.

Gracias a este proceso, la caldera consigue rendimientos equivalentes que pueden superar el 100 % sobre el poder calorífico inferior, lo que en la práctica se traduce en ahorros de gas del 20‑30 % frente a un modelo antiguo. Eso sí, como el vapor se condensa, la caldera necesita un desagüe para evacuar ese agua ligeramente ácida.

Las calderas de condensación funcionan especialmente bien con sistemas de baja temperatura como el suelo radiante o radiadores bien dimensionados, donde la temperatura del agua de retorno es relativamente baja y se favorece la condensación. También hay versiones de condensación para gasoil, con intercambiadores preparados para resistir la corrosión de ese combustible.

Calderas de gas mixtas y de acumulación

En función de cómo gestionan el agua caliente sanitaria, las calderas de gas se dividen en mixtas (instantáneas) y de acumulación. Las mixtas calientan el agua en el momento en que abres el grifo, sin depósito, y suelen ser las más comunes en pisos y viviendas pequeñas.

Al no necesitar acumulador, las calderas mixtas ahorran mucho espacio y simplifican la instalación. Eso sí, su caudal de ACS tiene un límite; si pretendes usar varias duchas y grifos a la vez, puedes notar bajadas de temperatura o caudal.

Las calderas de acumulación, en cambio, integran un depósito donde almacenan grandes volúmenes de agua caliente. Son ideales para casas grandes, familias numerosas o viviendas con varios baños en uso simultáneo. Ofrecen gran confort y caudal estable, a costa de ocupar más espacio y tener algo más de consumo en mantenimiento de la temperatura del depósito.

Calderas de bajo NOx

Dentro de las calderas de gas también encontrarás modelos etiquetados como “bajo NOx” porque reducen las emisiones de óxidos de nitrógeno, unos contaminantes muy regulados en zonas urbanas. Lo consiguen optimizando el diseño del quemador y la mezcla aire‑gas para que la combustión sea más limpia.

Son interesantes en áreas donde las normativas locales exigen límites estrictos de NOx. Hoy prácticamente todas las calderas de gas modernas de calidad son, además de estancas y de condensación, de bajo NOx, por lo que en instalaciones nuevas casi viene «de serie» cumplir con estos requisitos ambientales.

Calderas de gasoil

Las calderas de gasoil o diésel se utilizan sobre todo en viviendas unifamiliares grandes, zonas rurales o lugares sin acceso a red de gas natural. En vez de gas, queman gasóleo de calefacción almacenado en un depósito anexo a la caldera.

El quemador pulveriza el gasóleo a alta presión y lo mezcla con aire para crear una llama muy potente dentro de la cámara de combustión. El calor pasa al agua del circuito y los humos se expulsan por una chimenea, actualmente casi siempre con toma de aire y salida de gases estanca y ventilador de tiro forzado.

Su gran baza es la alta potencia calorífica del gasoil, muy adecuada para climas fríos y viviendas de muchos metros cuadrados. También aportan independencia de la red de gas, ya que eres tú quien controla el suministro llenando el tanque cuando conviene.

Como contrapartida, el gasoil suele tener precio por kWh más alto que el gas natural y genera más CO₂ y partículas. Además, el quemador requiere un mantenimiento más frecuente (limpieza, ajuste, cambio de filtros) y hay que prever espacio para el depósito, con posibles olores si la instalación no es cuidadosa.

Calderas de biomasa: pellets y policombustibles

Las calderas de biomasa se han ganado un hueco importante como alternativa renovable a las calderas de gas y gasoil. Usan combustibles de origen orgánico: sobre todo pellets de madera, pero también astilla, leña, hueso de aceituna o cáscaras de frutos secos, según el modelo.

En las calderas de pellets, el combustible se almacena en una tolva o silo y se transporta automáticamente mediante un tornillo sinfín hasta el hogar de combustión. Un sistema de encendido eléctrico prende los pellets y la combustión calienta un depósito de agua, que luego alimenta radiadores o suelo radiante igual que cualquier otra caldera.

Las versiones policombustibles amplían el abanico y aceptan varios tipos de biomasa (pellets, huesos, cáscaras…) e incluso en algunos casos carbón. Eso permite adaptarse al combustible más barato o más disponible en cada zona, con un cierto coste extra en complejidad y mantenimiento.

Su principal ventaja es que la biomasa se considera un combustible neutro en CO₂ porque el CO₂ emitido en la combustión ya fue absorbido por la planta durante su crecimiento. Además, el precio de los pellets suele ser más estable que el de los combustibles fósiles, lo que ayuda a planificar el gasto.

A cambio, estas calderas requieren bastante espacio para la máquina y para el silo de combustible, que debe ser accesible para la descarga. También hay que vaciar las cenizas y efectuar limpiezas periódicas más frecuentes que en gas o electricidad. Por todo ello, son típicas en casas unifamiliares con cuarto de calderas y difícilmente las verás como sistemas individuales en pisos.

Calderas eléctricas

Las calderas eléctricas son una opción interesante cuando no se dispone de gas ni se quiere almacenar combustible en la vivienda. En lugar de quemar nada, calientan el agua con resistencias eléctricas, como un termo o una estufa de aceite gigante bien controlada.

Al no haber combustión, no necesitan chimenea, ni ventilaciones especiales, ni revisiones de quemador. Son muy compactas, silenciosas y se instalan prácticamente en cualquier rincón con una acometida eléctrica adecuada.

En términos de conversión de energía, son máquinas casi perfectas: prácticamente el 100 % de la electricidad que consumen se convierte en calor útil. El problema está en que el kWh eléctrico suele ser caro comparado con el gas o la biomasa, así que en viviendas con mucha demanda de calefacción las facturas pueden crecer rápido.

Por eso encajan mejor en pisos pequeños, casas muy bien aisladas, climas moderados o viviendas con apoyo de placas solares fotovoltaicas. También son habituales en segundas residencias donde el uso de calefacción es ocasional. A efectos prácticos, la típica comparación «caldera de gas vs caldera eléctrica» suele ganarla el gas en coste de uso, y la eléctrica en facilidad de instalación y seguridad (no hay riesgo de fugas de gas ni monóxido de carbono).

Tipos de calderas según su eficiencia energética

Además del combustible, merece la pena fijarse en cómo aprovecha cada caldera la energía que consume. A nivel doméstico podemos hablar de tres grandes grupos por eficiencia: estándar o convencionales, de baja temperatura y de condensación.

Calderas estándar o convencionales

Son los modelos clásicos que han estado en servicio durante décadas. Proporcionan calefacción y, en muchos casos, también ACS, con una vida útil que puede rozar los 20 años si se cuidan bien. Su talón de Aquiles es que trabajan con temperaturas de ida y retorno relativamente altas.

Esta forma de operar implica que los humos salen muy calientes y se pierde bastante calor por la chimenea. El rendimiento real es claramente inferior al de las tecnologías más recientes, y el consumo de combustible por kWh útil es mayor. Precisamente por ello la normativa europea ha ido restringiendo su instalación hasta dejarlas prácticamente fuera de juego frente a la condensación.

Calderas de baja temperatura

Este tipo de calderas están diseñadas para funcionar con temperaturas del agua de retorno más bajas (40-60 ºC) y humos también más fríos que en las convencionales. Eso ya supone una mejora importante en rendimiento, sobre todo cuando la instalación se explota muchas horas en esas condiciones moderadas.

Las calderas de baja temperatura fueron una especie de paso intermedio entre las convencionales y las de condensación, y todavía tienen su sentido en algunas instalaciones centralizadas donde se trabaja muchas horas a carga parcial. En vivienda nueva, sin embargo, casi todo se ha desplazado directamente a la condensación, que da una vuelta de tuerca más al aprovechamiento de la energía.

Calderas de condensación (gas y gasoil)

Ya hemos visto su funcionamiento básico, pero conviene recalcar por qué las calderas de condensación son hoy las más eficientes y las únicas que se fabrican de forma generalizada tanto en gas como, en menor medida, en gasoil.

La clave está en ese calor latente del vapor de agua que las calderas antiguas expulsaban sin más por la chimenea. Al forzar la condensación de ese vapor y transferir el calor a la vuelta del circuito, se saca “jugó extra” del mismo combustible sin aumentar el consumo. Esto no solo reduce la factura, sino que también baja la temperatura de los humos y las emisiones contaminantes.

Además de ser más respetuosas con el medio ambiente, estas calderas se adaptan muy bien a instalaciones con suelo radiante o radiadores sobredimensionados, donde se puede trabajar con temperaturas de agua relativamente bajas durante gran parte del tiempo. Por todo ello, la normativa europea ErP desde 2015 hace que, salvo casos contados, sea obligatorio recurrir a calderas de condensación en sustituciones y obra nueva.

Tipos de calderas según su configuración física

Otra forma de clasificar las calderas es por su formato de instalación y dónde se colocan dentro (o fuera) del edificio. En instalaciones comunitarias o viviendas grandes esto marca bastante la obra necesaria.

Calderas murales

Las calderas murales son las que van colgadas en la pared, normalmente en cocinas, galerías o pequeños cuartos de instalaciones. Su gran ventaja es el tamaño y el peso reducidos: entran por casi cualquier hueco y son fáciles de manejar en obra.

En comunidades de vecinos, los fabricantes ofrecen soluciones con varias calderas murales en cascada para salas de calderas de difícil acceso. En viviendas unifamiliares y pisos individuales son prácticamente el estándar en gas, tanto para calefacción como para ACS.

Calderas de pie

Las calderas de pie se instalan apoyadas sobre el suelo de la sala de calderas, generalmente sobre una bancada antivibratoria. Suelen ser equipos de más potencia, robustos y con volumen de agua mayor, habituales en comunidades, edificios terciarios o casas grandes.

Este formato es típico en calderas de gasoil, biomasa o grandes calderas de gas de alta potencia, donde las dimensiones y el peso hacen inviable la opción mural. Requieren un local específico, con acceso razonable y buena ventilación en caso de combustión.

Equipos autónomos en cubierta

Los llamados equipos autónomos de generación de calor son conjuntos compactos pensados para instalarse en la cubierta del edificio sin necesidad de una sala de calderas tradicional. Van dentro de envolventes preparadas para la intemperie y facilitan mucho las rehabilitaciones en comunidades donde no es viable reformar el cuarto de calderas existente.

Al ir en cubierta, permiten aprovechar mejor los recorridos de chimeneas, reducir riesgos en interiores y liberar espacio útil en los sótanos o locales. Son habituales en edificios de cierta entidad y en proyectos donde se combinan generación de calor y, a veces, también de frío en un mismo bloque autónomo.

Calefacción y distribución del calor: gas, bomba de calor y suelo radiante

La caldera es solo una parte del sistema: igual de importante es la forma en que el calor se genera y se reparte por la vivienda. Aquí entran en juego alternativas como la calefacción de gas clásica, las bombas de calor (aerotermia) o el suelo radiante.

Calefacción de gas en radiadores

El sistema más típico en España sigue siendo la calefacción de gas con radiadores de agua caliente. La caldera calienta el agua y esta circula por un circuito cerrado hasta los radiadores, que emiten calor a las habitaciones.

La gran ventaja es que se trata de un sistema muy probado, con suministro continuo y fácilmente regulable por termostato. Las nuevas calderas de condensación permiten trabajar con temperaturas de agua algo más bajas, aumentando el rendimiento y reduciendo el consumo sin perder confort.

Bomba de calor o aerotermia

Su mayor atractivo es que, en buenas condiciones, puede entregar varias veces más calor del que consume en electricidad (COP 3, 4, 5…), por lo que es uno de los sistemas de calefacción más económicos y eficientes si se combina con buen aislamiento y, a ser posible, con suelo radiante.

El punto débil es que su rendimiento cae cuando la temperatura exterior baja mucho, sobre todo en bombas de calor aire‑aire o aire‑agua sencillas. En climas con inviernos muy duros hay que dimensionar bien el equipo y, en ocasiones, apoyar con resistencias eléctricas o calderas auxiliares.

Calefacción por suelo radiante

El suelo radiante no es un generador de calor en sí, sino un sistema de distribución que reparte el calor desde el suelo hacia toda la vivienda. Puede trabajar con calderas de gas, gasoil, biomasa o con bombas de calor, pero siempre a temperaturas de agua mucho más bajas que los radiadores (30‑45 ºC aproximadamente).

Al necesitar menos temperatura del agua, se consigue un ahorro muy considerable y un confort muy uniforme: el calor se mueve de abajo arriba y se reducen las zonas frías. Eso hace que encaje de maravilla con calderas de condensación y bombas de calor, que precisamente rinden mejor a baja temperatura.

El inconveniente es que la inversión inicial es más alta y no todas las viviendas existentes pueden adaptarse fácilmente: la instalación exige obra y altura de suelo suficiente. Aun así, en obra nueva y reformas integrales suele amortizarse en un plazo razonable gracias al ahorro energético.

Cómo elegir la caldera adecuada para tu vivienda

Con tantas opciones, lo lógico es preguntarse qué caldera encaja mejor en cada caso. Para acertar conviene valorar varios factores objetivos: tamaño de la vivienda, número de personas, demanda de ACS, sistema de emisión, normativas, espacio y presupuesto.

Tamaño del hogar y número de ocupantes

En apartamentos pequeños con una o dos personas, una caldera de gas mixta mural de condensación suele ser la opción más equilibrada si hay gas natural disponible. No ocupa mucho, da calefacción y ACS instantánea y mantiene a raya el consumo.

En viviendas grandes o con familias numerosas, donde hay varios baños y se usan a la vez, es más razonable pensar en calderas de acumulación o en soluciones combinadas de caldera + acumulador. De este modo se dispone de más litros de agua caliente simultánea sin que se venga abajo el confort.

Demanda de agua caliente sanitaria (ACS)

Si en casa nunca se duchan dos personas simultáneamente ni se usan varios puntos de agua caliente a la vez, una caldera mixta instantánea responde de sobra. Suelen ser más económicas y sencillas, perfectas para usos moderados.

Si, por el contrario, hay alta demanda de ACS (por ejemplo, varios baños, bañera y duchas que se usan a la vez), la estrategia cambia: conviene apostar por calderas de acumulación o por depósitos externos que permitan atender todos esos consumos sin caídas de temperatura.

Tipo de sistema de calefacción: radiadores o suelo radiante

Con radiadores tradicionales cualquier caldera moderna bien dimensionada va a funcionar, pero si tu prioridad es el ahorro, interesa que la caldera sea de condensación y el circuito pueda trabajar con temperaturas de ida algo más bajas de lo que se hacía antaño.

En suelos radiantes y otros sistemas de baja temperatura, la elección ideal pasa por calderas de condensación o bombas de calor aire‑agua. Ambas tecnologías dan lo mejor de sí mismas con esas temperaturas y te ayudan a exprimir cada euro de energía invertida.

Eficiencia energética, normativas y medio ambiente

Las normativas europeas y autonómicas cada vez aprietan más en eficiencia mínima y límites de emisiones de NOx y CO₂. Por eso, en muchas zonas ya no es legal instalar calderas que no sean de condensación (salvo situaciones muy particulares).

Si vives en una ciudad con aire muy contaminado, tiene sentido apostar por calderas de gas de bajo NOx, calderas de biomasa bien filtradas o bombas de calor, todas ellas soluciones que reducen notablemente el impacto ambiental frente a equipos antiguos de gasoil o gas sin condensación.

Espacio disponible para la instalación

En pisos y viviendas con poco sitio, las calderas murales mixtas de gas o las calderas eléctricas compactas son las que más juego dan. Se integran en cocina, armarios técnicos o pequeñas galerías y no necesitan grandes obras.

En casas con garaje, sótano o cuarto técnico amplio puedes pensar en calderas de pie de gasoil, biomasa con silo o sistemas mixtos con acumuladores de gran capacidad. El espacio manda: una caldera de pellets con silo voluminoso es impensable en un piso urbano típico.

Presupuesto inicial y coste a largo plazo

Es tentador fijarse solo en el precio de compra e instalación, pero en calderas lo importante es el coste total de propiedad: lo que vas a pagar en combustible y mantenimiento durante toda su vida útil.

Si el presupuesto está muy ajustado, una caldera de gas de condensación mural puede ser un equilibrio muy razonable entre inversión inicial y ahorro futuro. Una de pellets o una bomba de calor de alta gama cuestan más al principio, pero pueden compensarlo con creces si el consumo anual de calefacción es alto.

Tipos de vivienda: piso vs casa unifamiliar

El tipo de edificio condiciona bastante la elección. No es lo mismo climatizar un piso en un bloque de viviendas que una casa aislada con jardín, ni por potencias necesarias ni por posibilidades de instalación.

Pisos y apartamentos

En entornos urbanos, la solución más frecuente es la caldera de gas mural de condensación individual por vivienda, siempre que el edificio tenga acometida de gas natural. Es compacta, eficiente y el suministro es continuo y gestionado por la comercializadora.

En edificios antiguos puede haber instalaciones centralizadas con una única caldera comunitaria de gas o gasoil. Muchas comunidades están aprovechando planes de ayudas y rehabilitación para sustituir esas viejas calderas por equipos de condensación, bombas de calor centrales o incluso sistemas híbridos.

En pisos sin gas canalizado, las alternativas pasan por calderas eléctricas, radiadores eléctricos y, en menor medida, calderas de gas con propano en depósitos comunitarios. El gasoil y la biomasa casi no se ven como soluciones individuales en pisos por las limitaciones de espacio, olores y evacuación de humos.

Viviendas unifamiliares, chalets y casas rurales

En casas independientes hay mucha más libertad para elegir sistema. Si llega el gas natural a la calle, una buena caldera de gas de condensación suele ser la opción más práctica, dimensionada a los metros de la vivienda y al aislamiento.

En zonas sin gas canalizado, la pugna habitual es entre calderas de gasoil y calderas de biomasa (sobre todo de pellets). El gasoil ofrece comodidad y una potencia muy alta, pero a costa de un combustible fósil más caro e intensivo en emisiones. La biomasa es más ecológica y, a menudo, más barata en coste de combustible, pero exige más espacio y algo más de dedicación al mantenimiento.

Muchas casas unifamiliares combinan la caldera con energía solar térmica, fotovoltaica o bombas de calor de apoyo, creando sistemas híbridos que reducen aún más la dependencia de combustibles fósiles y reparten esfuerzos entre varias fuentes de energía.

Dado el peso que tiene la calefacción en la factura energética y el impacto que supone en el confort diario, merece la pena tomarse tiempo para analizar bien el tipo de caldera, el combustible, la eficiencia y la integración con el sistema de distribución, apoyándose en un profesional que pueda estudiar la vivienda, el clima y las normativas locales para proponer la solución más equilibrada entre inversión, ahorro, seguridad y respeto al medio ambiente.

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