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Eficiencia energética en edificios: normativa, certificados y ahorro

Eficiencia energética en edificios

La eficiencia energética en edificios se ha convertido en uno de esos temas de los que se habla cada vez más, tanto en el ámbito doméstico como en el profesional. No es solo una moda: el consumo energético de viviendas, oficinas y otros inmuebles tiene un impacto directo en la factura de la luz, en el confort diario y, por supuesto, en las emisiones de gases de efecto invernadero.

Cuando hablamos de edificios eficientes no nos referimos únicamente a poner unas ventanas mejores o cambiar las bombillas; engloba la forma en la que el edificio consume, gestiona y ahorra energía en climatización, agua caliente, iluminación eficiente y otros usos, apoyándose en normativas, certificaciones oficiales y soluciones técnicas muy concretas. Vamos a desgranar todo esto con calma, pero de forma clara y práctica.

Qué es realmente la eficiencia energética en edificios

En términos generales, la eficiencia energética en edificios es el uso racional y optimizado de la energía necesaria para cubrir las demandas de un inmueble: calefacción, refrigeración, producción de agua caliente sanitaria, iluminación e incluso consumos auxiliares como bombas o ventilación mecánica.

Este concepto bebe en gran medida de los principios de las edificaciones tipo Passivhaus, un estándar nacido en Alemania hace más de dos décadas que persigue reducir al mínimo el consumo energético mediante un diseño muy cuidado de la envolvente térmica, la ventilación y el aprovechamiento de energías renovables.

Para alcanzar un edificio energéticamente eficiente es imprescindible combinar varias medidas simultáneas: buen aislamiento, eliminación de puentes térmicos, carpinterías de altas prestaciones, equipos de climatización eficientes, sistemas de control y gestión inteligente, así como integración de energías renovables como la solar o la aerotermia.

Todo este enfoque tiene como objetivo que el inmueble necesite menos energía para funcionar y, además, que la energía que sí consume sea lo más limpia posible, reduciendo de paso la contaminación y la dependencia de combustibles fósiles.

La eficiencia energética de los edificios no es solo cosa de nueva construcción; el enorme parque de edificios existentes también está en el punto de mira de las políticas públicas y de los programas de ayudas, precisamente porque representa una parte muy relevante del consumo de energía y de las emisiones de CO2 del país.

Certificación y ahorro energético en edificios

Calificación energética y etiqueta de los edificios

La herramienta oficial para evaluar cómo de eficiente es un inmueble es la Calificación Energética de los Edificios. Se trata de un sistema común en toda la Unión Europea que permite comparar el comportamiento energético de viviendas y edificios, tanto de nueva construcción como existentes.

Esta calificación se expresa mediante una etiqueta energética con letras desde la A hasta la G, donde la A corresponde a los edificios más eficientes y la G a los menos eficientes. Es una escala similar a la de los electrodomésticos, muy visual y fácil de entender para cualquier comprador o inquilino.

La diferencia entre una letra y otra es enorme: una vivienda con clasificación A puede llegar a consumir alrededor de un 90 % menos de energía que otra con letra G, mientras que una con calificación B ronda un ahorro de en torno al 70 % y una C se sitúa aproximadamente en un 35 % menos de consumo frente a las peores categorías.

Esta etiqueta se basa en el consumo energético anual estimado del edificio y en sus emisiones de CO2, calculadas bajo unas condiciones de uso normalizadas, es decir, sin tener en cuenta los hábitos concretos de quienes viven o trabajan allí, para poder comparar inmuebles en igualdad de condiciones.

En términos prácticos, un edificio con calificación A, frente a otro con calificaciones inferiores, puede llegar a reducir el consumo total entre un 40 y un 50 %, lo que supone un impacto muy importante tanto a nivel económico como ambiental, sobre todo si pensamos a escala de ciudad o país.

Medidas de eficiencia energética en edificios

Marco normativo y regulación de la eficiencia energética

La calificación energética de edificios no es un invento aislado, sino que está respaldada por un sólido marco legislativo europeo y nacional. A nivel comunitario, las bases se fijaron en la Directiva 2002/91/CE, del Parlamento Europeo y del Consejo, de 16 de diciembre de 2002, sobre eficiencia energética de los edificios.

Esa directiva se incorporó al ordenamiento jurídico español mediante el Real Decreto 47/2007, que aprobó el procedimiento básico para la certificación de eficiencia energética de edificios de nueva construcción. En su momento, supuso el primer paso importante para exigir que los edificios recién construidos acreditaran su comportamiento energético.

Posteriormente, la Directiva 2002/91/CE fue revisada y sustituida por la Directiva 2010/31/UE, de 19 de mayo de 2010, también relativa a la eficiencia energética de los edificios. Esta actualización obligó a modificar la normativa española, ampliando el alcance más allá de la obra nueva.

Como resultado, se aprobó el Real Decreto 235/2013, de 5 de abril, que estableció el procedimiento básico para la certificación energética de todos los edificios, incluyendo los existentes. A partir de entonces, se hizo obligatorio presentar o poner a disposición de compradores y arrendatarios el certificado de eficiencia energética cuando se vende o alquila un inmueble.

Dentro del llamado “paquete de invierno” de la Comisión Europea, orientado a la descarbonización y a cumplir los objetivos climáticos, apareció después la Directiva 2018/844/UE, de 30 de mayo de 2018, que introdujo nuevas exigencias para la mejora del parque inmobiliario y la integración de tecnologías más avanzadas.

En España, esta evolución normativa desembocó en la publicación del Real Decreto 390/2021, de 1 de junio, que derogó el RD 235/2013 y actualizó el procedimiento básico para la certificación de eficiencia energética de los edificios, adaptándolo a la situación real del parque construido y a los compromisos del Plan Nacional Integrado de Energía y Clima.

Este nuevo marco amplía de forma clara el ámbito de aplicación a más tipologías de edificios, especialmente los no residenciales, refina el método de cálculo para hacerlo más preciso y lo convierte en una pieza clave para el despliegue del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia, así como de diferentes programas de ayudas a la rehabilitación.

Además, el RD 390/2021 asigna a las comunidades autónomas la competencia para desarrollar el procedimiento en su territorio, gestionar los registros de certificados, realizar el control externo y llevar a cabo las inspecciones necesarias para garantizar el cumplimiento.

El 22 de julio de 2022 se publicó también el Real Decreto 659/2025, que modificó el RD 390/2021 en lo que respecta a la figura del técnico competente. Se pasa de un modelo basado exclusivamente en determinadas titulaciones universitarias a un sistema apoyado en conocimientos y cualificaciones, que incluye tanto titulados universitarios como titulados de Formación Profesional y personas con certificados profesionales.

Para ejercer como técnico competente se requiere ahora la presentación de una declaración responsable y la superación de un curso formativo compuesto por dos módulos. Además, se crea un Registro Administrativo Centralizado de Técnicos Competentes, gestionado por las propias comunidades autónomas, que da mayor trazabilidad y seguridad jurídica al proceso.

Cómo funciona el mecanismo de calificación energética

La Calificación de Eficiencia Energética de un Edificio asigna a cada inmueble o unidad independiente (por ejemplo, un piso dentro de un bloque) una etiqueta que informa sobre su consumo de energía y sus emisiones de CO2, clasificados en la escala A-G ya mencionada.

La evaluación se realiza mediante la simulación del comportamiento del edificio bajo condiciones homogéneas de uso y climatología, de forma que la nota obtenida refleje la calidad energética del inmueble en sí mismo y no los hábitos particulares de sus ocupantes (temperatura de consigna, tiempos de uso, etc.).

Este planteamiento es fundamental para que la etiqueta sea realmente una herramienta útil de comparación a la hora de comprar, alquilar o rehabilitar un edificio. Gracias a ello, el usuario puede valorar si le compensa invertir en una vivienda mejor aislada o con instalaciones más modernas que le permitan ahorrar a medio y largo plazo.

La calificación se expresa en un documento y en una etiqueta gráfica, que debe incluirse en toda la publicidad vinculada a la venta o el alquiler: folletos comerciales, anuncios en portales inmobiliarios, páginas web, catálogos, vallas publicitarias, etc. Las agencias inmobiliarias y otros intermediarios están igualmente obligados a mostrar esta información.

En comunidades como Madrid, por ejemplo, dos días hábiles después de presentar telemáticamente la solicitud del certificado suele estar disponible la etiqueta de eficiencia, lista para descargarse e incorporarse al material de difusión del inmueble.

La etiqueta debe indicar de forma clara si el certificado corresponde al proyecto de ejecución (en caso de obra nueva aún no terminada) o al edificio ya construido o existente, lo que da más transparencia sobre las prestaciones reales del inmueble.

En cuanto a la vigencia, el certificado de eficiencia energética tiene una validez máxima de 10 años, salvo cuando la calificación es una G, en cuyo caso el plazo se reduce a 5 años. Es posible renovar el certificado aunque continúe en vigor, por ejemplo si se han acometido obras de mejora que permitan obtener una etiqueta mejor.

La responsabilidad de renovar o actualizar el certificado recae en el propietario del inmueble, que debe asegurarse de que la documentación esté al día cuando quiera vender o alquilar la vivienda o el local, especialmente si ha pasado el periodo máximo de validez.

Ventajas de vivir o trabajar en un edificio eficiente

Vivir en una vivienda con buena calificación energética o desarrollar la actividad de una empresa en un edificio eficiente tiene beneficios muy tangibles para el bolsillo y para el confort del día a día, además del claro impacto ambiental positivo.

La primera gran ventaja es la reducción de los costes de energía. Si un edificio necesita menos kilovatios hora para ofrecer las mismas condiciones de confort, las facturas mensuales de electricidad, gas u otros combustibles bajan, y el ahorro se mantiene año tras año, compensando la inversión inicial en mejora energética.

La segunda es la mejora del confort térmico y acústico. Un inmueble bien aislado, sin corrientes de aire ni humedades, con equipos eficientes y bien regulados, ofrece un ambiente interior más estable, sin cambios bruscos de temperatura y con una calidad de aire interior más saludable.

En tercer lugar, la eficiencia contribuye de manera directa a la reducción de la huella de carbono. Al disminuir el consumo de energía y apostar por fuentes renovables, se reducen las emisiones de gases de efecto invernadero asociadas al edificio, alineándolo con los objetivos de lucha contra el cambio climático.

Por último, pero no menos importante, los edificios energéticamente avanzados suelen tener un mayor valor de mercado y mejor imagen. Cada vez más compradores e inquilinos buscan viviendas sostenibles, y las empresas utilizan sus políticas de eficiencia energética como parte de su estrategia de comunicación y responsabilidad social corporativa.

Eficiencia energética en edificios de empresas

En el entorno empresarial, la eficiencia energética de los edificios adquiere una dimensión estratégica, ya que permite reducir costes operativos de forma sostenida. Menos gasto en climatización, iluminación e instalaciones auxiliares se traduce en una mejora directa de la cuenta de resultados.

Al utilizar instalaciones más eficientes y energías renovables, los edificios corporativos emiten menos gases de efecto invernadero, ayudando a minimizar la huella de carbono de la organización. Esto es especialmente relevante en sectores donde las emisiones de alcance 1 y 2 (directas e indirectas por consumo energético) representan una parte importante del impacto ambiental.

Las compañías pueden aprovechar este enfoque como herramienta de diferenciación y comunicación. Un edificio con buenas prestaciones energéticas, certificado y bien gestionado, refuerza el mensaje de compromiso con la sostenibilidad frente a clientes, inversores, administraciones públicas y plantilla.

Además, las políticas de eficiencia energética en edificios de oficinas, fábricas o centros logísticos suelen estar integradas en sistemas de gestión energética basados en normas como la ISO 50001, que permiten establecer objetivos, medir resultados y mejorar de manera continua el desempeño energético.

Este tipo de enfoques sistemáticos facilita el acceso a programas de ayudas y financiación, financiación preferente y bonificaciones ligadas a la descarbonización, a la vez que incrementa la resiliencia de la empresa ante posibles subidas en el precio de la energía.

Cómo saber si un edificio es eficiente

La forma más directa de comprobar el nivel de eficiencia de un inmueble es consultar su certificado de eficiencia energética y la etiqueta asociada. Como hemos visto, la escala A-G resume el comportamiento global en términos de consumo y emisiones.

Los edificios más eficientes suelen exhibir claramente su calificación energética en anuncios, portales inmobiliarios y documentación comercial, porque es un argumento de venta relevante. Si esa información no aparece, conviene solicitarla expresamente al propietario, promotor o agencia.

Además de la letra de la etiqueta, el certificado incorpora un informe técnico con recomendaciones de mejora, donde se detallan posibles actuaciones para reducir el consumo (por ejemplo, cambiar la caldera, mejorar el aislamiento o sustituir ventanas) y, en muchos casos, se incluye una estimación de los plazos de recuperación de la inversión.

En algunas comunidades autónomas, como Cataluña, el certificado energético lleva informes adicionales específicos que amplían la información y orientan sobre opciones de rehabilitación o sobre el impacto de determinadas medidas, lo que ayuda a priorizar intervenciones.

A la hora de valorar si compensa pagar más por una vivienda más eficiente, hay que tener en cuenta que, aunque el coste inicial pueda ser algo superior, a medio y largo plazo el ahorro en las facturas energéticas y la revalorización del inmueble suelen producir un retorno de la inversión claramente positivo.

Medidas para mejorar la eficiencia energética en el hogar

Quien quiera dar un salto en la eficiencia de su vivienda dispone de un abanico de medidas que se pueden combinar según el presupuesto, el tipo de edificio y las prioridades. La clave es actuar tanto sobre la envolvente como sobre las instalaciones, y, en la medida de lo posible, incorporar renovables.

Una opción con mucho peso es la instalación de paneles solares fotovoltaicos, que permiten generar electricidad limpia en la propia cubierta del edificio o vivienda unifamiliar, reduciendo notablemente la energía comprada a la red y amortizando la inversión en unos años gracias al ahorro.

Otra solución cada vez más habitual es la aerotermia, una tecnología que aprovecha el calor del aire exterior mediante bombas de calor de alta eficiencia para proporcionar calefacción, refrigeración y agua caliente sanitaria, con consumos muy inferiores a los de calderas tradicionales de gas o gasóleo.

La mejora del aislamiento térmico de fachadas, cubiertas y suelos, junto con la sustitución de ventanas antiguas por carpinterías con rotura de puente térmico y vidrios de altas prestaciones, es una de las actuaciones más efectivas a largo plazo, ya que reduce las pérdidas y ganancias de calor indeseadas.

También es fundamental modernizar los equipos de climatización e iluminación: pasar a iluminación LED, instalar reguladores y detectores de presencia en zonas comunes, utilizar termostatos programables y sistemas de gestión, y apostar por electrodomésticos con etiqueta A o superior contribuye notablemente al descenso del consumo.

Certificaciones y programas de eficiencia energética en España

En España existe un conjunto de certificaciones, normas y programas de apoyo que ayudan a impulsar la eficiencia energética en edificios y a darle un marco de reconocimiento y seguimiento.

El punto de partida es el propio certificado energético, documento obligatorio que proporciona información detallada sobre la calificación del edificio, su consumo, sus emisiones y las recomendaciones de mejora que podrían implementarse para aumentar su eficiencia.

Dentro de ese sistema, la certificación energética A representa el nivel más alto de eficiencia. Alcanzarla implica un diseño muy cuidado de la envolvente, el uso de instalaciones de alta eficiencia y, en la mayoría de los casos, una integración significativa de energías renovables.

Existen además otros reconocimientos, como determinados sellos de calidad ambiental promovidos por administraciones u organismos que valoran no solo la eficiencia energética, sino también el consumo de agua, la gestión de residuos, el uso de materiales sostenibles y el impacto global del edificio en su entorno urbano.

En el plano de la gestión, la norma internacional ISO 50001 establece los requisitos para implantar un sistema de gestión de la energía en cualquier organización, ayudando a identificar oportunidades de ahorro, fijar objetivos y evaluar el desempeño de forma continua.

Por último, programas como PAREER-CRECE han ofrecido en los últimos años financiación en forma de préstamos a bajo interés y ayudas directas para proyectos de rehabilitación energética en viviendas y edificios, incentivando actuaciones como la mejora de envolvente, la renovación de instalaciones térmicas o la incorporación de energías renovables.

Otros aspectos legales y de calidad relacionados

Además del marco normativo principal, existen cuestiones importantes de carácter institucional y de protección al consumidor en torno a la certificación energética de edificios, especialmente relacionadas con el uso de nombres y logotipos de organismos públicos.

El Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía (IDAE) ha aclarado que no realiza homologaciones ni acreditaciones de empresas, entidades o profesionales dedicados a la certificación de eficiencia energética. Cualquier uso de su nombre, logo o símbolos con fines comerciales, sin autorización, se considera fraudulento.

Ese uso indebido puede constituir un delito de falsedad en la calidad de productos o servicios ofrecidos en el mercado, por lo que el IDAE advierte de que perseguirá y denunciará estos casos ante las autoridades competentes para proteger tanto a los consumidores como a la reputación del sistema de certificación.

Por otra parte, algunos organismos privados de normalización y certificación, como AENOR, disponen de cursos de formación en materia de eficiencia energética que en muchos casos son bonificables a través de la Fundación Estatal para la Formación en el Empleo (FUNDAE), siempre que se cumplan los requisitos de la normativa de formación para el empleo.

Este tipo de formaciones facilitan que técnicos, gestores de edificios y responsables de mantenimiento dispongan de conocimientos actualizados sobre normativa, cálculo y buenas prácticas, algo esencial para aplicar correctamente los criterios de eficiencia energética en proyectos reales.

Relación con el Código Técnico de la Edificación y la nueva construcción

La eficiencia energética en edificios de nueva construcción está muy condicionada por el Código Técnico de la Edificación (CTE), que fija las exigencias mínimas en materia de ahorro de energía, aislamiento, demanda térmica, instalaciones y contribución de energías renovables.

La última gran actualización del CTE, aprobada a finales de 2019, refuerza de forma notable la idea de que los nuevos edificios deben consumir muy poca energía, acercándose al concepto de edificios de consumo de energía casi nulo (nZEB) impulsado por la Unión Europea.

Este marco hace que, desde el diseño inicial del proyecto, arquitectos, ingenierías y promotores tengan que tener en cuenta estrategias pasivas y activas de eficiencia, como el correcto aislamiento, la orientación del edificio, la protección solar, la ventilación controlada y la integración de energías renovables.

Para quienes se quieran especializar profesionalmente en este ámbito, las universidades y escuelas técnicas ofrecen másteres y programas específicos en arquitectura sostenible, eficiencia energética y movilidad urbana, tanto en modalidad presencial como online, que preparan para responder a la creciente demanda de perfiles especializados.

En definitiva, el sector de la construcción se está moviendo hacia un modelo en el que la eficiencia energética deja de ser un “extra” para convertirse en un requisito básico, tanto por normativa como por expectativas de los usuarios finales, que cada vez valoran más el confort, la sostenibilidad y el ahorro en sus hogares y lugares de trabajo.

La combinación de un marco legal exigente, sistemas de certificación claros, tecnologías cada vez más accesibles y una ciudadanía más sensibilizada está haciendo que la eficiencia energética en edificios pase a ocupar un lugar central en la agenda de administraciones, empresas y particulares; entender cómo se califica un inmueble, qué medidas permiten mejorar su etiqueta y qué ventajas aporta vivir o trabajar en un edificio eficiente es hoy una pieza clave para tomar buenas decisiones de inversión, reducir gastos y contribuir de forma real a la protección del medio ambiente.

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